“Casos célebres de la enfermedad sagrada”

Casos célebres de la enfermedad sagrada

La enfermedad ha sido considerada por los hombres de muchas épocas pretéritas un castigo de los dioses. En realidad, la Medicina no fue otra cosa durante miles de años que la búsqueda de una intercesión entre la divinidad punitiva y el hombre sufriente. Los ritos propiciatorios de esa intercesión, utilizando medios y sustancias naturales aplicados al enfermo, consiguieron muchas veces la ansiada curación y fomentaron el nacimiento de un arte primero y luego de una ciencia que es lo que llamamos Medicina. Pero si todas las enfermedades tenían para nuestros predecesores un origen divino, sólo una ha sido calificada en el transcurso de los siglos como enfermedad sagrada: la epilepsia.
Dr. José Ignacio de Arana Amurrio. Profesor de la Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.
Los médicos entendemos por epilepsia no una sino un conjunto de enfermedades caracterizadas toda ellas por la aparición brusca en el individuo de manifestaciones motoras -convulsiones, espasmos, etc.-, sensitivas -alucinaciones ópticas, auditivas, táctiles, etc.- o mixtas, acompañadas frecuentemente de otros fenómenos orgánicos -emisión de espuma por la boca, micción involuntaria, sudoración, etc.- y en no pocas ocasiones de pérdida de conciencia. La causa común se encuentra en la descarga paroxística e incontrolada de energía eléctrica por las células del sistema nervioso central.

Como cada parte del cerebro tiene una función determinada -aunque muchas veces nos sea todavía desconocida- la descarga en un punto u otro se manifestará de distinto modo. La práctica del electroencefalograma permite casi siempre detectar esas anomalías y su localización. Cada tipo de epilepsia tiene su tratamiento específico y hoy día se consigue controlar la mayor parte de las crisis por lo que los pacientes pueden desarrollar una actividad absolutamente normal, algo que les estuvo vedado hasta el descubrimiento, al poco tiempo de comenzar el siglo XX, de los barbitúricos, los primeros fármacos que demostraron tener acción antiepiléptica.

La simple descripción de una crisis de gran mal creo que es lo suficientemente ilustrativa para comprender que quien asiste a una de éstas quedará intensamente impresionado y no lo olvidará mientras viva. Ahora podemos imaginar lo que sentirían en la antigüedad los hombres y mujeres que desconocían por completo el origen orgánico de la enfermedad y no podían ni soñar con su control mediante unos comprimidos tomados a las horas de comer. Lo imprevisible de su aparición, la espectacularidad de su sintomatología, el mismo hecho de que el sujeto no recuerde lo que le ha pasado, como si hubiera permanecido fuera de la realidad, transportado a otro mundo; todo ello unido a que en un gran porcentaje de los casos las personas epilépticas demuestran poseer una inteligencia superior a las normales -sin que la ciencia moderna haya sabido tampoco explicar esta circunstancia-, tuvo que hacer que se les considerase como seres muy especiales, pertenecientes a otra “dimensión” y, por tanto, “sagrados”.

La historia nos refiere varios casos de epilépticos entre los personajes célebres que llenan sus páginas. Su enfermedad no figura en lugar destacado de sus biografías, todo lo más como dato anecdótico, y, sin embargo, vamos a conocer a algunos en los que pudo tener mayor trascendencia de la que a primera vista parece.

Los ataques de Julio César
Como afectado de gran mal debemos considerar a Julio César. Todos sus biógrafos nos dejan constancia de los ataques que sufría durante los cuales se quedaba junto a él sólo un esclavo griego que le atendía solícito desde su juventud;
todas las demás personas debían ausentarse respetuosamente porque César no hubiese permitido jamás ser convertido en espectáculo. En las jornadas previas a algunas de sus grandes batallas sufrió crisis convulsivas en su tienda de campaña y llegó a decirse que durante las mismas recibía la inspiración para el desarrollo bélico que siempre le condujo de triunfo en triunfo. Al llegar a Egipto en persecución de su enemigo Pompeyo conoció a Cleopatra y la relación amorosa y política entre estas dos personalidades tan singulares pudo cambiar la historia del mundo. Lo que ahora me interesa relatar es la influencia que la epilepsia de César pudo tener en el establecimiento de aquella relación.

Se cuenta que Cleopatra asistió a escondidas a alguna crisis y mandó llamar a los mejores médicos egipcios que había en la corte de Alejandría. Estos médicos, poseedores y practicantes del amplísimo bagaje de saberes acumulado durante dos mil años en el país de los faraones, debían tener conocimientos para tratar aquella enfermedad que aquejaba al ilustre huésped de su reina. Los médicos de Cleopatra, en efecto, proporcionaron a ésta algún remedio que ella se apresuró a entregar a César aun a riesgo de tener que reconocer que había presenciado sus ataques. Aquel obsequio ayudó a que se entablara una relación más cordial entre ambos que fructificó en todos los extraordinarios sucesos que nos enseñan los libros de Historia.

Durante los siglos medievales muchos epilépticos fueron considerados, más que como seres en directa relación con la divinidad, como posesos del demonio y sometidos en consecuencia a exorcismos y a otras prácticas menos espirituales para conseguir que el maligno abandonase sus atormentados cuerpos. En otras ocasiones se les incluía en el censo de los locos y pasaban a nutrir las lóbregas instituciones que en esa época se ocupaban de mantener a los enajenados fuera del contacto con el resto de la sociedad. Uno de los primeros beneficios que reportó el nuevo concepto de enfermedades mentales surgido en el siglo XIX fue el de separar de éstas a la epilepsia y clasificarla como una dolencia del sistema nervioso absolutamente distinta de cualquier forma de locura.

Personajes de Dostoyevski
En ese mismo siglo XIX desarrolló su labor artística, literaria, otro célebre enfermo epiléptico: Fedor Dostoyevski. El autor ruso padeció de epilepsia desde la niñez y nos ha dejado constancia de ello en la figura de algunos personajes de sus obras, fiel trasunto suyo. Pero, además, el caso de Dostoyevski nos va a permitir adentrarnos en una faceta de esta enfermedad de gran interés para la historia de la cultura.

Se trata de la epilepsia denominada psicomotora, y también temporal por originarse en el lóbulo temporal del cerebro, cuyas manifestaciones clínicas son casi exclusivamente de índole psíquica y sensorial. Durante la crisis, el enfermo sufre alucinaciones, especialmente auditivas, pero también olfativas, táctiles y visuales si el foco irritativo está algo más extendido, en las cuales cree percibir sensaciones inexistentes en la realidad pero que él vivencia como muy reales siendo, además, capaz muchas veces de recordarlas una vez pasada la crisis y hasta de describirlas con precisión asombrosa.

Por alguna razón inexplicada las alucinaciones poseen con frecuencia un matiz religioso, teñido de misticismo en la mayoría de las ocasiones en que esto se produce. Es posible que influya el alto contenido religioso que impregna, muchas veces sin darnos cuenta consciente de ello, la cultura y el pensamiento. En todas las culturas se puede apreciar esta circunstancia. Los pueblos orientales, los africanos, los americanos precolombinos, tienen en su acervo cultural, entre sus mitos, tradiciones e historias transmitidas de forma oral o escrita, casos de personajes que “entraban en trance” en medio de aparatosas manifestaciones que podríamos englobar, con recelosa ambigüedad, en el término de “convulsivas” o comiciales.

Fedor Dostoyevski salpica su creación literaria de referencias místicas y en alguno de sus libros como Los hermanos Karamazov éstas adquieren un lugar preeminente. Ciertos críticos han creído ver en esa reiteración el fruto de las alucinaciones que el autor sufría durante sus crisis epilépticas en las que alternaban los ataques convulsivos con los episodios psicomotores.

Visión mística
La visión mística constituye uno de los puntos culminantes en las relaciones que el ser humano mantiene con la divinidad en cualquiera de las religiones conocidas. Y también ha sido y sigue siendo una de las cuestiones más debatidas por quienes se acercan a la historia de las creencias desde una posición apologética o desde la opuesta, crítica o de negación. Desde hace varios siglos se ha intentado, además, contraponer ciencia y religión o ciencia y fe como si ambas maneras de conocer la verdad fueran enemigas irreconciliables. En nuestro siglo, sin embargo, las dos se han vuelto a dar la mano para llegar a la conclusión de que existen misterios en los que el hombre no puede penetrar y con los que, no obstante, hay que contar para seguir adelante. Teorías físicas como las de la relatividad de Einstein –”Dios no juega a los dados”, dijo el hombre reconocido como uno de los mayores genios de la historia-, la cuántica de Bohr o la de la indeterminación de Heisemberg, han establecido de forma matemática, el sumo procedimiento científico, unos límites intransitables que no son tan diferentes de los que pone el pensamiento guiado por la fe.

Pero esto no es aceptado aún por muchas personas y cuando se trata de algunas cuestiones tenidas hasta ahora por ciertas desde la fe, se apresuran a traer a colación argumentaciones científicas para desmontarlas. Es el caso de las experiencias místicas de algunos personajes, incuestionados por mucho tiempo y ahora discutidos. Precisamente ha sido el recurso al diagnóstico retrospectivo -una práctica siempre de dudosa certidumbre aun cuando se refiere a dolencias físicas con trasunto morfológico en el individuo, pero mucho más a las de otro orden-; el diagnóstico de que esas personas estuvieron enfermas de epilepsia psicomotora y que a ese padecimiento hay que achacar tales visiones es el argumento más comúnmente esgrimido.

Así, se ha dicho que fueron epilépticos de esta clase Juana de Arco, la visionaria de Orleans que cambió el rumbo de la historia de Francia guiada por los mensajes celestiales que decía recibir; Margarita María de Alacoque, la monja que fundó una de las devociones más arraigadas del catolicismo: la del Corazón de Jesús; y, sobre todo, nuestra Teresa de Jesús.

Los éxtasis de Teresa de Jesús
De Teresa de Jesús, que fue una mujer enfermiza de cuerpo durante toda su vida como ella misma se encarga de relatarnos en sus escritos, se han hecho numerosos estudios desde el punto de vista médico intentando hallar en sus múltiples dolencias alguna justificación a su vida de ajetreo, de lucha contra media sociedad de su tiempo y de incansable labor fundadora, reformadora y también literaria. Las conclusiones de tales estudio no son unánimes y dejan siempre abierta una puerta a la acción sobrenatural que pudo actuar sobre aquella extraordinaria mujer, la fémina inquieta y andariega como la llamó el rey Felipe II.

Pero he aquí que últimamente ha surgido la “explicación” que según sus mentores viene a aclararlo todo: Teresa de Jesús, seguramente a raíz de alguna enfermedad de sus primeros años de vida, era ni más ni menos que una epiléptica de tipo psicomotor. Sus éxtasis, sus arrobos místicos, las visiones de que nos da cuenta pormenorizada en sus libros, hasta las descripciones que hace de sus levitaciones, no serían otra cosa que puras fantasías elaboradas por un cerebro enfermo en el curso de ataques epilépticos. Se traen en apoyo de esta hipótesis testimonios de sus contemporáneos sobre episodios en los que la monja de Ávila parecía perder la conciencia y otros en los que uno de sus brazos sufría sacudidas rítmicas que no podía controlar; también el que en los últimos años de su vida todas aquellas experiencias místicas disminuyesen de frecuencia al igual que lo hacen las crisis epilépticas, más frecuentes en edades jóvenes y más espaciadas a medida que el cerebro envejece.

Pues muy bien. Pero a falta de un neurólogo experto en epilepsia -enfermedad descrita con exactitud en el siglo XIX- junto a Teresa, y de un electroencefalograma obtenido durante una de esas posibles crisis, único método científicamente fidedigno de diagnóstico, la hipótesis de la epilepsia teresiana es tan respetable como cualquier otra y al menos tanto como la del origen sobrenatural de los fenómenos; tanto, pero no más.

De todas formas, la epilepsia psicomotora es una enfermedad que se observa en suficiente número de casos clínicos, harto conocida por la Medicina actual, como para que pudiésemos hacernos la siguiente pregunta: ¿cuántos de estos enfermos, con sus casi infinitos modos de manifestar las alucinaciones, establecen con ellas un patrón coherente de pensamiento y conducta como el de Teresa de Jesús o el de Juana de Arco? Porque si nos hemos de guiar por el método científico habremos de aceptar las leyes de los grandes números y de la estadística, arma auxiliar imprescindible para ese método. Y entonces tendríamos que conocer al menos un puñado de individuos de características similares, o comparables, a las de esos personajes; y, que yo sepa, esa circunstancia no se da en ningún estudio serio, de los muchos que existen, sobre la enfermedad. Luego hay que deducir -otro sistema no menos científico- que allí se daba un algo extraordinario que se sale de toda consideración de orden natural: el misterio que siempre aceptaron los creyentes sin meterse en más averiguaciones.

La enfermedad sagrada es hoy tan sólo una enfermedad más en el amplio conjunto de padecimientos humanos. Desprovista de sus connotaciones sobrenaturales, se diagnostica, se trata y se cura o cuando menos se mantiene asintomática. Pero no cabe duda de que ha sido una de las enfermedades que mayor atención ha merecido por parte de los hombres, médicos o no, a lo largo de la historia. Los enfermos epilépticos no estarán seguramente muy satisfechos de este protagonismo porque prefieren pasar desapercibidos y en su ayuda ha venido la Medicina moderna, heredera de aquella otra que los tuvo por elegidos de los dioses.

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