“Cervantes y La Medicina de El Quijote”

miércoles 20 de enero de 2010

Cervantes y la Medicina de El Quijote

Desde hace casi dos siglos, los análisis que desde la Medicina se ha hecho de la obra en castellano más universal han girado fundamentalmente en torno al tipo de locura que padecía su protagonista. Sin embargo, analizando la biografía y vivencias del autor de El Quijote podemos encontrar a través de las páginas de la novela una visión más humanista de la profesión médica. Cervantes cita mucho a los médicos a lo largo de la obra, y, al contrario que sus contemporáneos, les trata con inusitado respeto, tal vez por sus ascendientes familiares. Pese a ello no deja sin sátira las extravagantes dietas de la época y se burla de los ‘curanderos’ por sus falsos remedios.

Javier Puerto. Patrono de la Fundación de Ciencias de la Salud. Catedrático de Historia de la Farmacia (UCM).

El Quijote es el libro más leído y aceptado por los hispano hablantes. En su origen, Cervantes lo concibió como un texto de entretenimiento. Pasa de la ironía al sarcasmo y de ahí a la burla descarnada: fue, y sigue siendo, un libro eminentemente divertido. Sin embargo, los años depositados sobre sus páginas han hecho oscuras algunas de sus bromas y secretas intenciones.

Se considera la primera novela moderna en castellano. Todos los literatos, durante el Renacimiento y el Barroco, se interesaban por la ciencia; no había la rígida división actual entre estos conocimientos y los humanísticos. La totalidad de los intelectuales empleaban un mismo lenguaje. La quiebra se produjo durante la llamada “Revolución científica” que, si se suele situar en el Barroco, comenzó durante el Renacimiento con la obra de Vesalio, Copérnico y Servet; continuó durante el siglo XVII, con la de Galileo, Newton, Harvey y la aparición de instituciones científicas; se perfeccionó en la Ilustración, con Linneo o Lavoisier, y finalizó durante el siglo XIX con la tarea, entre otros, de Koch, Pasteur o Claude Bernard. Una revolución que tardó cuatro siglos en concluirse…

Cervantes escribió su Quijote a principios del Barroco. España comenzaba una decadencia, todavía leve, pero fuertemente sentida por los coetáneos. Tanto él, como su protagonista, Don Quijote, habían vivido el sueño imperial del reinado de Felipe II. En esa época, España se convirtió en el paraíso de tecnólogos y científicos, como no podía ser de otra manera.

Cervantes, luego de decirnos que el suyo es sólo un libro para acabar con los de caballerías, cuando define al caballero andante, lo hace experto en teología, jurisprudencia, medicina y hierbas medicinales, además de matemático y astrólogo.

Si el resto de los autores, más o menos contemporáneos suyos, como Fernando Rojas, Quevedo, Antonio Torquemada y, en cierta manera, Lope de Vega, emplean los conocimientos científicos con toda probidad académica, Cervantes no lo hace así. Es bien conocida la ausencia de estudios reglados en su currículo y su voracidad lectora. Desde esa condición, su postura ante el hecho médico y científico es muy moderna. No le interesa la obra de los eruditos, pero tiene una gran información sobre sus ideas.

Astrología y alquimia
Cervantes, como la mayoría de los escritores antisupersticiosos de su época, principalmente Pedro Ciruelo, distingue bien entre astrología –lo que entenderíamos hoy como astronomía- dedicada a predecir los meteoros, e imprescindible para el conocimiento de las estaciones, el calendario y las épocas de las faenas agrícolas, y la astrología judiciaria –lo que entendemos como astrología- a la que critica en el pasaje del mono astrólogo. En cosmología se muestra seguidor de Tolomeo. Aunque los historiadores de la ciencia solemos mantener que Copérnico fue bien recibido en nuestro país –exactamente por cuatro autores, aunque tampoco muchos más sabían leer y en el siglo XVII se le introdujo en el Índice de libros prohibidos-, el Quijote demuestra lo alejado de sus principios con los conocimientos de las pocas personas informadas. Como siempre, emplea las nociones de cosmología para la broma y la risa; en el episodio del buque encantado, creen haber atravesado el Ecuador y encaminarse hacia las Indias Occidentales; Don Quijote se lamenta, ante Sancho, de no estar en posesión de un astrolabio, mediante el cual determinar la altura solar. En el episodio del Clavileño, cuando Sancho se transforma en Quijote y Don Quijote en Sancho, los duques sin sustancia, les quieren hacer creer que han volado por los espacios siderales. Acogido a sus conocimientos cosmológicos, Don Quijote deduce que o Sancho miente o Sancho se engaña, aunque en este capítulo nos da una muestra maravillosa de tolerancia y piedad, para con su compañero y consigo mismo. Sabedor de que Sancho pone en duda su aventura en la cueva de Montesinos, le propone llegar a un acuerdo: tu crees lo de Montesinos y yo lo de Clavileño:

y no se diga más.

La alquimia era el conocimiento paradigmático sobre lo que hoy llamamos química. Estaba compuesta de unas serie de saberes de laboratorio o espagíricos, y otros de tipo místico o psicológico –que han sido estudiados, entre otros, por Jung.- Cervantes conoce perfectamente su léxico, aunque lo emplea de manera poética. Esto no es raro en la actualidad: André Bretón, Antonin Artaud y los surrealistas lo vulgarizaron. En el siglo XVII resulta más llamativo. De aquí surgen algunas interpretaciones que hacen a Cervantes adepto al ocultismo en Roma, y otras que han querido interpretar el Quijote en clave de la Gran Obra de los alquimistas: en fin… también hay otros que lo hacen en clave cabalística… Cansinos Assens, en La novela de un literato, recoge las palabras del erudito Abraham Yahuda en el primer tercio del siglo XX: mire usted, eso del cervantismo es aquí una monomanía nacional… Todos esos cervantistas están algo toqués… Vienen a ser como cabalistas de Oriente. Creen descubrir en el Quijote cosas que nadie ve sino ellos… y lo cierto es que no saben nada.

Tecnología
Los molinos de viento y los batanes eran máquinas representantes de lo más granado de la tecnología renacentista. El llamado Rey Prudente había sido muy amante y protector de todo tipo de artefactos y “maquinarios”. Se hizo famoso el ingenio para subir el agua del Tajo a Toledo; no menos la ceca segoviana, transportada desde El Tirol, pieza a pieza y servidor a servidor.

Ya Unamuno interpretó la carga de Don Quijote contra los molinos como un ataque a la ciencia y al materialismo. No sé… evidentemente al hidalgo le resulta molesto. Las máquinas suponían el principio del fin de su mundo. Sancho, la otra mitad de don Quijote, no su antagonista, como suponía Don Miguel de Unamuno, le sigue, advirtiéndole del delirio y, ante su temor a los batanes, se ríe. Para Sancho, el escudero, el agricultor, el muerto de hambre, la tecnología suponía la esperanza de una vida mejor, aunque tardó siglos en manifestarse. Cervantes expone los sentimientos de ambos.

Medicina y terapéutica
En el Quijote aparecen pocos médicos, un boticario, de refilón, y algunos cirujanos. Es normal. Lo mejor de la acción transcurre en aldeas y despoblados;

allí sólo había cirujanos romancistas –que actuaban a la vez de barberos y sangradores- y algebristas –a quien acude Sansón Carrasco cuando es derrotado, la primera vez, por Alonso Quijano, para curarse-. Un médico está presente en su muerte. Diagnostica fiebres cuartanas y melancolía como causa del deceso, aunque a mi me parece que fue una indigestión de realidad. Aparece otro en la ínsula, para embromar a Sancho. Este, Pedro Recio de Tirteafuera, (tirte fuera quería decir, en 1605, ¡vete!) es un esperpento, si se me permite mencionar el término tantos siglos antes de la escritura de Valle Inclán, con varios de los estereotipos de la época; le impide comer a Sancho, pero Cervantes no se preocupa de mirar las dietas de Lobera de Avila o Francisco Núñez, suficientemente grotescas en sí mismas. Se inventa otras para hacernos reír. En la literatura contemporánea los médicos son extraordinariamente mal tratados. No es de extrañar: su impotencia terapéutica resultaba patética y, pese a ello, no se rindieron, siguieron cuidando a sus pacientes y recetando esperanza.

Cervantes les trata muchísimo mejor; a los sabios, como a las santas escrituras o las leyes reales, los pone sobre su cabeza. No en vano era hijo de cirujano romancista y nieto de médico cordobés, según unos judío… ¿porqué no morisco?, de donde podría salir su pitorreo con el supuesto traductor del Quijote.

En el Quijote sobresale la locura del protagonista. Su creador así lo quiso.

Pudo inspirarse en Huarte de San Juan, quien describía un tipo en donde tanto la razón como el sentimiento permanecerían normales, pero no así la fantasía; hay cientos de páginas escritas sobre el tema. Incluso algunos pretenden psicoanalizar ya no a un personaje histórico, sino a uno literario… ¡Qué diría Yehuda! Parece existir un cierto consenso sobre el carácter de juego literario, bien estudiado por Torrente Ballester, empleado para decir lo que le viniera en gana sin demasiados peligros –de ahí sus tardías semejanzas y relaciones con la técnica de los erasmistas-. Don Quijote sufrió una discreta locura, pero no acabó en el manicomio, a donde le llevó Avellaneda. Aparecen varias enfermedades –sífilis, azogados, apopléjicos, tocados de viruela…- y varios remedios. Don Quijote, el pobrecillo, es apaleado desde las primeras páginas. Navokov se ha sentido asombrado por la crueldad del texto. La Barroca era una sociedad cruel.

Si no, léanse el Discurso de mi vida, del aventurero y espadachín, amigo de Lope, Alonso Contreras o los Piratas de América, del cirujano inglés Alexander Oliver Exquemelin. Para curarlo, Cervantes acude a los remedios simples, el romero que le ponen los cabreros en su oreja o los emplastos, del mismo simple aromático, aplicados por la Maritornes; servían de poco, lo mismo que los polifármacos de las boticas. Su remedio por excelencia es el bálsamo de Fierabrás, el mecanismo de una inmensa y desternillante broma. Según la saga de Carlo Magno, Fierabrás habría robado en Jerusalén los óleos de la unción del cuerpo de Cristo: era la reliquia de las reliquias. En primer lugar, se burla de la credulidad de las novelas de caballería, pues curaría todo, incluso cuando en la batalla le partieran por la mitad; como la sátira era demasiado para la Inquisición, se olvida del carácter sacro y empieza a jugar. Sancho le llama Feo Blas, con lo que de Fier de Bras, “orgulloso de sus brazos”, pasa a Fierabrás y de allí al Feo Blas. Don Quijote proporciona una sencillísima receta a base de romero, aceite, sal y vinagre; se ríe de las oraciones de los curanderos y de los fármacos seudo mágicos de los boticarios, y nos proporciona alguno de los momentos más divertidos de la novela.

El Quijote puede leerse del principio al fin, del fin al principio o escogiendo algunos capítulos. No es la Biblia; todos los textos han de emplearse para nuestra finalidad. Si uno es sanitario, quiere divertirse, pasarlo bien, reflexionar un poco y perfeccionar el castellano, puede empezar por leer todo lo referente al bálsamo del bueno del Feo Blas, o lo relativo a las dietas a que le sometía el médico de los duques a Sancho en la ínsula Barataria.

Cuando huyen de allí, le recuerda don Quijote: la libertad, amigo Sancho, es el más preciado don de los seres humanos. Tampoco, ahora yo, digo más.

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