“En realidad el poeta que sobrevive es el valioso”(Donal Hall)”

sábado 16 de enero de 2010

Jesús J. de la Gándara Jefe de Servicio de Psiquiatría, Burgos. Vocal de Honor de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas

Todos los poetas, sobrevivan o no a sus instintos autodestructivos, tratan alguna vez del “acto filosófico por excelencia” de Novalis, de quien bebió Camus para proclamar “No hay más que un problema: verdaderamente serio: el suicidio”.

Entre problema y acto sólo hay un paso, y, en el caso de los poetas, casi siempre es el de la desesperación, el del agotamiento, el del destino inexorable, o, simplemente, el de la enfermedad mental. Ya lo dijo Gloria Fuertes: “A veces el poeta no sabe si coger la hoja de acero, sacar punta a su lápiz y hacerse un verso o sacarse una vena y hacerse un muerto”.

Un repertorio de calamidades
Siempre permanecerá en la nebulosa de la mitología la verdadera naturaleza de la muerte de Safo, la primera de todas las que “… tienen la palabra”. Dicen que, cuando rondaba los cincuenta, se enamoró de Faón, y como éste no la correspondiera, acabó por arrojarse al mar Jónico desde un acantilado de la isla de Levkás, a donde había llegado persiguiendo a su amado. Cierto o no, lo que es seguro es que la protección de las musas Calíope y Erato no le sirvió de mucho, como tampoco han ayudado a los protagonistas del sangriento repertorio de deudos de la poesía que hemos recogido.

Las preguntas son muchas: ¿tan mala será la poesía?, ¿acaso la poesía es psicotóxica?, ¿se es poeta antes que suicida, o suicida antes que poeta?, ¿se suicidan porque están locos, o por estar demasiado cuerdos?…

“El suicidio es un poema sublime de melancolía”, aseguraba un apocado Balzac, que nunca tuvo valor para hacerlo. Pero para los verdaderos deudos de las musas, como Rimbaud, la poesía es una ¡Pequeña vigilia de embriaguez, santa!, un veneno en el que tener fe para que poco a poco te vaya matando. Un caro veneno, pues ¡…el precio que te pone (…) para vivir contigo es que te acuestes con ella. Si te limitas a tocarle las caderas, o a enviarle flores, no se queda contigo, te abandona y se va con otros…”. Palabra de Félix Grande, compartida con José Mª Alvarez, que paciente aprende a “…morir sin nadie/Y esperar a que la policía tire la puerta y me sorprenda muerto”.

¿Qué relaciones mantienen la mente y la poesía?
La poesía y la mente son dos viejas compañeras, dos íntimas enemigas. Sin embargo, sobre todo para los no iniciados, el nexo entre mente y poesía es la “inspiración”, ese no se qué que dicen que viene de las musas. Mas, ¿cuál es su verdadera naturaleza de la inspiración?; ¿donde reside?, ¿cómo hacer de ella una aliada? La inspiración es una dama desposada con el esfuerzo de Blas de Otero:

“La poesía tiene sus derechos./ Soy el primero en sudar tinta/ delante del papel”, que acaba siendo agotadora. ¿Hay alguna relación entre inspiración, creatividad y locura? No se sabe, pero lo que sí sabemos es que el arte, cuanto más simple, más puro, menos tecnificado, es más exigente para el que lo practica. No requiere barro, ni bronce, ni pigmentos, la poesía pide, exige… alma, corazón y vida.

Todos garabateamos dibujos cuando somos niños, todos sentimos la poesía en la adolescencia, y todos lo intentamos, pero muy pocos son los que llegan a dominarla. Ya se sabe que “De poetas y de locos todos tenemos un poco” (De la Gándara 1997), pero, como aseguraba Gloria Fuertes, no basta con escribir versos para ser poeta, además hay que tener un ramalazo de sensibilidad: “Te huelo poesía, / te presiento en el alto y en el bajo/ en el monte y en el burdel / en el mar y en el borracho / y en el dolor del mal.

Estas mismas reflexiones y preguntas se las han hecho antes muchos poetas y muchos psiquiatras. Por ejemplo, Ribot, hace más de cien años, observó que, para buscar la inspiración: “… unos andan a largos pasos, otros beben vino, otros meten los pies en agua fría o exponen la cabeza al sol… Todos persiguen…
estimular la circulación cerebral para provocar o sostener la actividad inconsciente…” (Citado por G. Labora).

También opinó sobre ello Lafora, psiquiatra y escritor español del la época del 27, quien insistía que los poetas: “… no tienen un pensamiento común, familiar, dirigido, objetivo, práctico, coordinado, lógico…”, y su manera de pensar es “… anárquica y ajena a la voluntad…”; aunque, si escuchamos a Gloria Fuertes, en realidad no hay nada de eso, y cada verso le costaba lo suyo:

“Sale caro señores ser poeta./ La gente va y se acuesta tan tranquila…/…escribiendo me da la madrugada…/…que me dejo la linfa en lo que escribo…/…asalto las trincheras de la angustia / me cuesta respirar cuando termino…”.

No es preciso advertir que las relaciones entre mente y arte no son científicamente contrastables. Los poetas escriben, viven, sobreviven, se apasionan, enloquecen, pero no descubren pozos, ni construyen casas. De hecho, hay muchos poetas que han pasado a la historia, pero ninguno por construir puentes, ni por hacerse banqueros o millonarios, cosa que si hicieron y hacen otros genios y artistas.

Según Eysenck: “… la asociación de ciertos rasgos anómalos de personalidad con una elevada “fuerza del ego” ocurre en los artistas plásticos, en los científicos, pero sobre todo en los escritores…”. En misma esta línea, Ludwig investigó las aptitudes mentales de un millar de eminentes científicos o artistas, y encontró que los más creativos comparten un factor psicológico que denominó “psychological unease”, algo así como un “inconformismo psíquico”, una “inquietud mental”. Esa es una vivencia muy familiar para los poetas: “… ya llega de nuevo y vuelve sin aviso / lo sé porque me asaltan feroces estos versos / con la rabia del rayo con su misma fugacidad…”.

¿Están locos los poetas?
Gloria Fuertes dejó escrito: “Soñé que estaba cuerda, / me desperté y vi que estaba loca./…”. ¿Sería cierto?

Un lugar común de la “crítica” especializada –y también del común de las gentes– ha sido la asunción de la locura del poeta, dando por hecho que hay una relación entre ésta y su creatividad. Pero en realidad, el poeta que sobrevive es el valioso, no el que se suicida, asegura Donal Hall, uno de los máximos teóricos de la creación poética. El ser humano que se enfrenta y vence a la negra melancolía, a la desesperación y a la autoderrota es el más admirable de todos.

En nuestra cultura la autodestrucción de un artista es vista como algo digno de ser elogiado, una garantía de su sinceridad. Pero la muerte y la destrucción son enemigos del arte. El gas y los cuchillos matan a los poetas; el alcohol y las drogas los matan más lentamente, pero al final consiguen matar a los poetas, y a la poesía (De la Gándara 2004).

Lester en 1990 ya había estudiado a trece famosos escritores que cometieron suicidio durante el siglo XX. La depresión fue muy común en ellos, además del abuso de alcohol, presente en cerca de la tercera parte. En seis, el sentirse incapaces de continuar escribiendo jugó un papel determinante en el suicidio.

Según el psiquiatra británico Félix Post, tras estudiar las biografías de 100 escritores, los poetas presentan un elevado riesgo de padecer depresiones:

Post asegura que: “… los elevados niveles de imaginación y la enorme actividad cerebral necesitada para el trabajo creativo, junto con la alta frecuencia de rasgos anómalos de “carácter”, hacen que los escritores tengan el doble de riesgo de sufrir depresiones que otras personas…”. Para llegar a esa conclusión, escudriñó las biografías de cien literatos tan destacados como Whitman, Dickens, Oscar Wilde, Faulkner… y encontró que la mayoría de ellos habían tenido algún familiar afectado por depresiones o psicosis. De hecho, según sus datos, el suicidio acabó con el 8 por ciento de los poetas, lo que comparado con el “10-por-cienmil” al que tocamos el resto de los mortales, hace que por lo menos a un servidor le entren ganas de abandonar la poesía.

Trastornos mentales
predominantes
Otra cuestión es saber si hay diferencias en los trastornos mentales predominantes en cada profesión artística y si ello se relaciona con el riesgo de suicidio. Para investigarlo, Preti y colaboradores realizaron dos estudios enlazados (1999, 2001) sobre la muerte por suicidio en artistas eminentes que murieron en los siglos XIX y XX. En el primero, sobre 3.093 artistas, 59 cometieron suicidio (1,9 por ciento), correspondiendo la tasa de riesgo más elevada a los poetas (2,6 por ciento), especialmente a las mujeres. En el segundo incluyeron 4.564 artistas, de los cuales 2.259 eran poetas y escritores, 834 artistas plásticos y 1.471 músicos. Hubo 63 suicidios (1,3 por ciento del total). Los músicos tuvieron el menor riesgo (0,2 por ciento), los artistas plásticos algo más (0,7 por ciento), y los literatos el más alto (2,3 por ciento), especialmente los poetas (2,6 por ciento).

No pretendemos asegurar que los poetas sean depresivos, ni que la melancolía invernal tenga nada que ver con el suicidio, ni que, como alguien ha dicho, sean más que suicidas “autocidas”, tan sólo aportar algunos datos más, para contribuir al descanso de Alfonso Reyes, quien asegura que “Sobre la tumba de cada suicida debería abrirse un expediente a perpetuidad”.

Efectos nocivos de la poesía
Ya se sabe que la melancolía, la tristeza o la desesperanza son buenos pretextos poéticos. Todos pasamos por alguna vez por “… la niebla borradora / o la conciencia alterada por drogas duras / como el amor o la tristeza…”, y de ahí al suicidio sólo hay un paso, sea veneno, ventana, disparo, tren o cuchillo.
Según ciertas teorías, los poetas son seres peculiares que antes de serlo ya sienten y padecen de manera especial, lo que en cierto modo les aproxima a la depresión y al suicidio. Para otros lo que ocurre es que los poetas no resisten los efectos nocivos de la poesía (Stirman y Pennebaker, 2001). Según estos autores, es posible determinar a través del lenguaje usado en los poemas el riesgo de cometer suicidio de su autor. Para probarlo analizaron 300 poemas de nueve poetas suicidas y los compararon con otros de nueve poetas de no-suicidas mediante un programa de análisis de lingüístico. Evidenciaron que los textos de los poetas suicidas contenían más palabras referidas al “self” y menos palabras referidas a la colectividad, lo cual era consistente con el modelo de la falta de integración social del suicida.

Los poetas son seres alérgicos pero dependientes de las sustancias emocionantes, que se hieren las neuronas con los filos de la realidad y se alivian cometiendo poemas: “Los poemas no se me ocurren / me ocurren”.

Las relaciones entre mente y poesía se comprenden mejor cuando se unen inspiración y transpiración, es decir sensibilidad y esfuerzo, iniciación y persistencia. En materia poética, el esfuerzo constante de sensibilidad y creatividad es lastimoso, el compromiso emocional nunca es falso, ni mezquino, es generoso y a menudo mal correspondido. Eso explica por qué tantos poetas se agotan y se deprimen, y algunos, tal vez los más débiles, o los más comprometidos, o los que ostentan temperamentos y caracteres más desajustados, se suicidan.

Uno de nosotros es poeta, o al menos escribe versos. Conoce y se relaciona con muchos poetas, y también con otros que sólo escriben versos. Después de haber hablado y conocido personal y profesionalmente a muchos poetas, de haber asistido a docenas de reuniones, tertulias, jornadas, recitales… de poesía, piensa que lo más característico de la poesía es que actúa como un psicotónico (estimulante, y relajante) para la mayoría, pero que cuando lo hace sobre temperamentos sensibles, ese efecto es potencialmente adictógeno, se convierte en una droga, y como tal tienen efectos psicotóxicos, como ocurre con los más “auténticamente poetas”, los que tienen ese “don”, que es más constitucional, temperamental, que caracterial o adquirido. Claro que esto es una mera opinión, en absoluto contrastable (De la Gándara 1999).

Es paradigmático el suicidio de Charlotte Stieglitz (de soltera Ch. Willhöft) (1806-1834) (Fernández, 1990), joven sensible y romántica, de buena familia, educada en las bellas artes, y que se casó con el poeta Heinrich Stieglitz, poeta melancólico y obsesionado con la poesía. El matrimonio supuso para ella un aburguesamiento incompatible con la poesía, y esto le generó sus primeas ideas de suicidio. Luego, la convivencia con este personaje, tan célebre por sus depresiones, como por su constante lucha por encontrar la inspiración, la vena de la creatividad, fue para ella un verdadero calvario, un permanente conflicto interior entre su papel de esposa burguesa y de compañera y musa del artista.

Esto le supuso tal compromiso emocional, que acabó suicidándose, dicen que para no estorbar la creatividad de su esposo. La poesía fue para ambos una obsesión, una enfermedad, que acabó con la salud de él y la vida de ella.

La poesía es una droga, y por tanto no se debe juguetear con ella, pues si sólo se prueba no se le saca todo el partido posible, pero si se pueden sufrir sus efectos adversos; y si se abusa de ella, si sólo se vive, convive y cohabita con ella, se acaba atrapado en sus redes, adicto y dependiente de ella.

A muchos poetas se les nota, tienen tanta intimidad, le dedican tanto tiempo a su “amada”, que acaban siendo verdaderos toxicómanos de poesía. Los hemos visto y se les nota. No hablan de otra cosa, no dedican energía a otras cosas, no se relacionan más que con los círculos poéticos, y así acaban, intoxicados, obsesionados, extenuados, y, a veces, muertos por su droga.

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