“EL CONSUMO DE LOS ALIMENTOS EN LA PINTURA”

El consumo de los alimentos en la pintura

Es indudable la influencia de la alimentación en la salud, y su importancia se ha reflejado también en la pintura y en la literatura de todos los tiempos. En las representaciones artísticas se han plasmado las diferencias que, sobre todo, existían entre los alimentos ingeridos por las diversas clases sociales, y que, por exceso o por defecto, solían ser origen de algunas enfermedades.

Nos parece desproporcionado y hasta nos produce ardor de estómago el relato que un autor del Siglo de Oro, Baltasar de Alcázar, hace de una cena y que, sin embargo, durante mucho tiempo debió de estimular la gula reprimida por la necesidad de nuestros compatriotas. Recordemos algunos de esos versos:

“(…)
La mesa tenemos puesta,
lo que se ha de cenar junto,
las tazas del vino a punto:
falta comenzar la fiesta.
Comience el vinillo nuevo
y échole la bendición;
yo tengo por devoción
de santiguar lo que bebo.
(…)
La ensalada y salpicón
hizo fin: ¿qué viene ahora?
La morcilla, ¡oh gran señora,
digna de veneración!
¡Qué oronda viene y qué bella!
¡Qué través y enjundia tiene!
Paréceme, Inés, que viene
para que demos en ella.
Pues, sus, encójase y entre
que es algo estrecho el camino.
No eches agua, Inés, al vino
no se escandalice el vientre.
(…)
Mas dí, ¿no adoras y aprecias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica;
tal debe tener especias!
¡Qué llena está de piñones!
Morcilla de cortesanos,
y asada por esas manos
hechas a cebar lechones.
(…)
Mas el queso sale a plaza,
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.
Prueba el queso, que es extremo,
el de Pinto no le iguala;
pues la aceituna no es mala,
bien puede bogar su remo.
Haz, pues, Inés, lo que sueles,
daca de la bota llena
seis tragos; hecha es la cena,
levántense los manteles.
(…)”

En cuanto al tipo de alimentos consumidos en los últimos siglos no es demasiada la diferencia cualitativa aunque sí el relativo reparto de unos y otros en la dieta. Ha disminuido la carne de caza –promotora destacada de algunas patologías como la podagra que atormentó a los coetáneos del poeta– en aras de otras carnes procedentes de explotaciones ganaderas o avícolas. El pescado se come fresco –España sigue siendo un país donde el consumo de congelados está muy por debajo de la media europea o norteamericana– e incluso, algunas ciudades como Madrid tienen tal demanda que se come allí antes y mejor que en los puertos de mar donde arribaron los barcos de los pescadores.

Las especias, perdida su función conservadora y estimulante del sabor, que ahora se obtiene natural, han decaído quedando reservadas en su mayor parte a la cocina exótica. A cambio, muchos alimentos que se presentan ya elaborados en el comercio y otros que se sirven en ciertos restaurantes, incorporan un nuevo producto, el glutamato, para el que hasta parecen existir, según recientes estudios, unas papilas gustativas especialmente receptivas además de las ya conocidas que detectan los sabores básicos: dulce, ácido y salado.

Quizá el tipo de alimento que más ha visto cambiar su utilización sean las verduras y hortalizas. Si antes formaban la dieta obligada para quien no se podía permitir las proteínas animales, ahora constituyen una necesidad aceptada en todo régimen nutritivo bien equilibrado y han perdido aquel sambenito de alimentos de segunda o tercera categoría.

Mas los artistas no entran en disquisiciones dietéticas o nutritivas. A ellos sólo les interesa llevar al lienzo el acto de comer, como actividad a la que el hombre imprime, ya se dijo, un carácter social y muchas veces festivo y lúdico. Por eso, los cuadros que representan comidas familiares, banquetes multitudinarios u otras escenas ante y alrededor de una mesa, tienden a reflejar las distintas actitudes, gestos y comportamientos de las personas o se detienen en retratar los alimentos y los múltiples objetos que se utilizan para la labor: platos, vasos, jarras o cubiertos. Muchas veces estos cuadros son auténticos bodegones con figuras humanas en su composición final.

Precisamente sobre los cubiertos será interesante recordar que el último en aparecer en las mesas occidentales fue el tenedor. ¿Para qué utilizar este adminículo si el hombre posee una mano prensil y puede sujetar los trozos con los dedos? Pero en todo había que mantener unas normas de buena educación. El gran humanista del Renacimiento, Erasmo de Rotterdam, que se carteaba con reyes y magnates de toda Europa e influía notablemente tanto en su pensamiento político y religioso como en sus costumbres cotidianas, escribe muy serio en uno de sus libros titulado “Civilidad”: “En vez de chuparse los dedos o de limpiárselos en la ropa después de comer, será más honesto secarlos con el mantel o la servilleta”. En ese siglo XVI, pues, el tenedor no se utilizaba ni en las mesas más principales de Europa. Había, sí, desde el siglo anterior unos tenedorcitos con mango de cristal, ágata o marfil, y púas –sólo dos– de oro o de plata; pero eran una especie de juguetes femeninos que no se usaban más que para llevarse a la boca los trozos de fruta.

La primera Corte que usó el tenedor –un instrumento que los italianos habían descubierto y traído de sus viajes a Extremo Oriente– fue la de Enrique III, duque de Anjou, pero como una muestra de esnobismo más que por necesidad. Un cronista anónimo de la época, receloso de esa excentricidad, escribió un panfleto sobre esa corte con el título despectivo de “Descripción de la isla de los hermafroditas”, vamos, que es como proclamar que con el tenedor se estaban perdiendo la virilidad y las sanas costumbres del reino.

Posteriormente, Luis XIV el “Rey Sol”, árbitro de tantas cosas en toda Europa, abolió el tenedor en su comedor y en los de su Casa real y este cubierto que hoy nos esforzamos por enseñar a manejar a los niños no volvió a aparecer en las mesas de Francia, y luego del resto de Europa, hasta bien entrado el siglo XVIII. Al principio sólo tenía dos dientes, luego se hizo tridente y en algún momento de su ya imparable evolución adquirió las hoy más habituales cuatro púas.

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