DON CARLOS,LA INCAPACIDAD DE UN PRÍNCIPE DE LEYENDA(2ªPARTE)

Las desavenencias de sus médicos

En 1561 llega a Alcalá de Henares, donde es enviado por el Rey, tras descartar varios destinos al borde del mar donde tenía pensado enviarle por motivos de salud. Las fiebres cuartanas le tenían maltrecho, al punto que hubo de retrasarse su matrimonio con la hija de los Reyes de Bohemia. Cursó allí estudios con su tío Don Juan de Austria y Alejandro Farnesio. Eran de parecida edad y compartían juegos y confidencias con la joven Isabel de Valois, tercera esposa del Rey, a la que Don Carlos profesaba especial cariño. En su boda con Felipe II, el 2 de febrero de 1560, había sido padrino en compañía de su tía Doña Juana de Portugal, días antes de ser nombrado heredero con toda solemnidad.

El domingo 19 de Abril de 1562 el Príncipe sufrió un grave accidente en Palacio. Tenía la intención de entrar en el aposento de una doncella de servicio cuando, alterado por su nerviosismo y, con seguridad, lascivia “cayó por una escalera oscura y de ruines pasos, echó el pie derecho en vacío y dio una vuelta sobre todo el cuerpo, y así cayó de cuatro o cinco escalones”. Se golpeó en la cabeza contra una puerta, sufriendo una contusión importante y quedando literalmente patas arriba. La lesión, del tamaño de una uña de pulgar, opinamos que, por su tamaño y gravedad, podría haber sido causada por impactar con un remache metálico de los que adornaban las puertas de la época. La primera cura se hace en presencia de sus dos médicos de cámara, los doctores Vega y Santiago Diego Olivares y el cirujano de su casa, el licenciado Daza Chacón, famoso médico y cirujano de la época, formado en Salamanca. Tras ésta, Don García de Toledo envía a Don Diego de Acuña, gentilhombre de cámara, a dar noticia de lo ocurrido al Rey.

Felipe II envió a Don Juan Gutiérrez “protomédico y de su cámara” que llevaba consigo a los doctores Portugués y Pedro de Torres, cirujanos de su Majestad. Éstos llegaron a Alcalá el lunes al amanecer, procediéndose a la cura a las ocho de la mañana, tras lo que tuvo lugar una reunión del equipo médico con Don García. Visto que el Príncipe tenía fiebre y se encontraba en un aceptable estado nutricional previo, ya que debido a las fiebres se había alimentado en abundancia en los meses anteriores, se acordó proceder a una sangría de “hasta siete u ocho onzas de sangre”. Durante los siguientes días tuvo poca o ninguna fiebre, también presentaba un entumecimiento de la pierna, al que no dieron importancia por haberle ocurrido esto en otras ocasiones. Por esto, mantuvieron los médicos una actitud expectante, pues la herida tenía buen color.

El décimo día la herida tenía peor aspecto, estaba más sucia y pronto subió nuevamente la fiebre. Se procedió a nueva cura superficial, lo que hizo que la herida cerrase en falso, reinfectándose. De esto Daza culpa al doctor Portugués, quien realizó la cura, y Olivares pasa sobre ello, sin señalar responsable alguno. En esta situación, hubo general acuerdo en que era preciso desbridar la herida y ampliarla para continuar interviniendo si hubiese lesión interna y permitir el drenaje del material purulento.

Visto esto, Daza sugirió que se fuese a buscar a Valladolid a su maestro en Cirugía, el bachiller Torres, lo que se aprobó unánimemente, enviando Don García un correo a buscarle, con tal diligencia que llegó a los pocos días. Puestos de acuerdo los seis médicos que allí estaban y el bachiller Torres, procedieron a abrir la herida, separándose con gran facilidad el periostio porque estaba tumefacto y pútrido. Hecha la abertura, manaba tanta sangre que no pudieron ver hasta dónde llegaba el daño por lo que no se hizo más que limpiar, hemostasia y cerrar.

A continuación, se envió un correo al Rey dando cuenta de lo pasado y de que no se había avisado antes por no demorar la necesaria actuación médica en vista de la gravedad del cuadro. El Rey partió antes de amanecer el viernes primero de mayo desde Madrid, donde se había instalado la Corte un año antes, rumbo a Alcalá. Le acompañaban sus médicos, los doctores Mena (omitido en la narración por Daza) y Vesalio, y sus hombres de confianza, el Duque de Alba y Ruy Gómez. Llegaron antes de la cura que se hizo en su presencia, escudriñándose el cráneo con gran diligencia y no encontrándose herida en él, no siendo una pequeña mancha a la que quitaron importancia.

Días después se complicó el cuadro apareciendo una gran erisipela con lo que se “apostemó”, inflamó, toda la cara, oreja y ojo, de izquierda a derecha hasta la garganta, pecho y brazos. Esto, al parecer, les dejó tan alarmados que, aplicando el viejo principio de “primum non nocere” colocaron poco menos que paños calientes, discretos cuidados paliativos, medidas dietéticas y adoptaron una actitud expectante.

El enfermo continuó agravándose con fiebre alta que le ocasionó delirios y diarreas “coléricas”, profusas. Vesalio y el doctor portugués opinaron que el daño era interior y que había que “penetrar el casco hasta las telas”, es decir, llegar al menos hasta la duramadre, lo que confirmaría la hemorragia epidural. Los demás opinaban, unos “que el hueso estaba purulento”, lo que indicaría la existencia de una osteomielitis localizada o bien, que la “inflamación externa se había comunicado por las suturas a las membranas del cerebro”. Estamos aquí ante un triple diagnóstico de sospecha, osteomielitis, meningitis o bien hemorragia-hematoma epidural. Descartaron la meningitis, pues “la calentura que vino a su alteza a medio del onceno vino sin rigor” y no hubo vómitos ni convulsiones. Tampoco notaron rigidez de nuca pues “las sequillas que tuvo en el pescuezo en la parte izquierda y el dolor en aquel lugar, fue un flujo catarroso” y achacaron, parece que acertadamente, causa febril al delirio.

Ante el pronunciado agravamiento, se decidieron a trepanar y legrar, comenzando el portugués y siguiendo Daza pues “a los pocos lances me mandó el Duque de Alba que la tomase yo, y fui legrando”, saliendo algo de sangre y poco más. Aquí Daza afirma que “el daño era comunicado y accidental de la fiebre y erisipela” o sea, se abona a la teoría de la meningitis. Estamos ante una situación de riesgo vital del entonces único heredero del Imperio más pujante del mundo.

Había un morisco del Reino de Valencia, Comenge dice que era judío, llamado Pinterete, que poseía dos ungüentos curativos, uno blanco y uno negro más caliente que se mezclaba con el anterior. Se decidieron a emplearlos, dado que alguno de los presentes ya los había usado en casos graves. Hasta entonces, la mayoría se había resistido a emplearlos por dos motivos científicamente impecables que comentan los cronistas, uno que no sabían su composición y usarlos en tan gran Príncipe sin saber qué llevaban no era lógico, y el otro, que no parecía razonable usar los mismos remedios en todo tiempo, edades y complexiones.

Le pusieron los ungüentos antes de que viniese el morisco. El sábado los colocó él mismo. El ungüento negro quemó la herida y despidieron al moro, que se fue a Madrid a curar a Hernando de Vega, “al cuál con sus ungüentos envió al cielo”. El nueve de mayo “estuvo su Alteza tal que ninguna señal fue que no diese de muerte“. Visto el estado del enfermo, optaron por traer en procesión el cuerpo de Fray Diego de Alcalá, un bienaventurado fraile franciscano cocinero del convento local fallecido años antes y lo allegaron a la cama del enfermo. El Rey, preocupado y entristecido por esta situación, se fue a Madrid a rezar a la iglesia de San Jerónimo.

Ya fuese por la trepanación y legrado, por el ungüento del morisco Pinterete, por la intercesión de Fray Diego, o a pesar de todo ello, el caso es que tras drenar de los párpados muy inflamados una sustancia caseosa que le tenía los ojos completamente cerrados, y practicar una cuantas sangrías, purgas, lavativas y ventosas más; al cabo de un total de noventa y tres días de tratamiento, el Príncipe estuvo totalmente recuperado. No obstante, “su cerebro quedó bastante lastimado, notándose desde entonces cierto desorden y trastorno de ideas, que empeoró su carácter ya harto caprichoso, lo cual se observaba en sus acciones y en sus cartas, en las cuales, o invertía el orden de las frases o dejaba incompletos los períodos”. Su salud continuará siendo mala, pues dos años más tarde, a los 19 de edad y durante una nueva enfermedad, otorgará testamento.

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